viernes, 28 de diciembre de 2012

Algunos fragmentos de mi libro "El ocaso de un sistema. El mundo de los menores infractores"



Fragmento del capítulo “Una muerte más”, que relata cómo la familia vivió la muerte del taxista Rodrigo Pereira.
El Tatán fue el principal sospechoso de la policía, pero la justicia no encontró pruebas para procesarlo.

II- Una muerte más
La última vez que sus hijos vieron a Rodrigo Pereira fue a las 2 de la tarde del 29 de abril de 2010. Los correteaba por la casa envuelto en una toalla, bromeando con ellos, como siempre. Sus tres hijos y su esposa se fueron al dentista, él entró a bañarse y salió a trabajar a su taxi donde 12 horas después sería asesinado.
Rodrigo no debió haber ido a trabajar. Era su día libre pero como había recaudado poco en la semana, el encargado le consiguió un auto para compensar. Las doce horas pasaron como cualquier otra jornada laboral hasta el último viaje. Levantó a un pescador borracho al que llevó hasta Carlos Lenzi y Oncativo. Mientras pagaba alguien se acercó al taxi; Rodrigo intentó huir.
El asaltante disparó tres veces contra la puerta porque sí.
En la casa donde correteaban los hijos ahora corren lágrimas. Carolina González anhelaba pasar el resto de su vida con Rodrigo. Tres meses después del asesinato lleva puesto el anillo del matrimonio que ya no existe. Lo mira fijo y lo gira con su mano izquierda.
Como la ponía nerviosa que Rodrigo trabajara de noche, se quedaba despierta hasta que él llegara, cerca de las cuatro de la mañana. Aquella noche se durmió. Y cuando escuchó el timbre, poco después de la hora en la que debió regresar, creyó que era él.
Hacía 15 años que estaban juntos. “Nos cruzamos por la Ciudad Vieja, él me saludó y fue como un flechazo. Quedé muerta con él”. Unos días después volvieron a verse; los dos estaban haciendo trámites para sus trabajos. Rodrigo le contó a un conocido de un banco que había visto una mujer que le gustaba, le dijo como era ella “y la descripción coincidía conmigo”, cuenta Carolina aún con lágrimas pero con una sonrisa resplandeciente, invocando aquel flechazo que hoy no mitiga el dolor.
Carolina llegó al Banco. Rodrigo acababa de irse pero tenía que volver. El conocido suyo, que también era conocido de Carolina, supuso que ella era la mujer de la que le había hablado Rodrigo, así que la hizo esperar para presentarlos. “Yo no entendía nada, me tenía que atender a mí pero hacía pasar a todo el mundo antes”.
Rodrigo llegó y el conocido los presentó. Dejaron de trabajar y se fueron a El Lobizón a tomar una cerveza y comer un gramajo. “No nos separamos más”.
Ambos trabajaban desde los 14 años; en sus casas no sobraba nada. De todos modos pudieron terminar el liceo y Carolina llegó a cursar dos años de odontología. Entre los dos sólo alcanzó para ir tirando y encadenados a la tarjeta de crédito.
Nada les fue fácil. Tampoco tener hijos. “Estuvimos tratando pero yo no quedaba embarazada. El médico nos dijo que nos fuéramos de vacaciones y después empezáramos un tratamiento”, pero no estaban dispuestos a hacer ningún tratamiento, así que se resignaron a no tener hijos. En esas vacaciones Carolina quedó embarazada.
Tuvieron una niña a quien llamaron Lucía. Esa última madrugada en la que realmente amaneció, tenía 8 años. Luego nació Nicolás, de 5, y Franco, de 3, que tres meses después del asesinato sigue sentándose en el pasillo del edificio, esperando que papá regrese de trabajar.
Carolina trata de explicarle que no va a volver pero sus palabras no entraron en el corazón de su hijo. Tal vez porque ella desea que el pequeño tenga razón. “A veces yo también lo espero”.
Ni él ni su hermano conocían lo que significaba morir. El día del asesinato la casa estaba llena de gente y los niños no entendían nada. Carolina pidió a los demás que saliesen, sentó a sus hijos en el sofá del comedor y les dijo: “Su padre salió a trabajar, trataron de robarlo, le dispararon y se murió”.
-¿Qué es morirse? –preguntó Nicolás.
Los tres quisieron ir al velorio. Y cuando vieron el cuerpo de su padre se acercaron a hablarle y a golpearle la cara con sus manitos, para tratar de despertarlo. No entendían por qué estaba frío.
Antes de volver a su casa fueron al médico, porque Carolina sentía una dolorosa puntada en el medio del pecho que apenas la dejaba respirar. El flechazo, esta vez, era de dolor.
Esa noche los tres niños durmieron en la cama matrimonial con su madre. “Tenían miedo que viniera el ladrón que había matado a papá”. Durmieron los cuatro juntos durante dos meses.
Los días pasaban en una sensación de angustia constante. En la escuela Nicolás tenía ataques de llantos, se escondía debajo de la mesa y lloraba sin consuelo hasta que Carolina llegaba a buscarlo.
Un día los niños quisieron ir al cementerio, pero apenas llegaron a la tumba dijeron que querían irse. “Pensaban que iban a ver a su padre”. Los niños no entienden que la muerte es para siempre.
A veces, los adultos tampoco. Carolina anhela verlo entrar con su sonrisa jovial y su buen humor, comprobar que todo fue una pesadilla y poder darle aquel abrazo con el que esperaba recibirlo a las cuatro de la mañana del 30 de abril, cuando alguien llamó a la puerta y se despertó entusiasmada creyendo que era él.
Aún con demasiado sueño como para extrañarse de que tocase timbre en lugar de directamente entrar a su casa, se sorprendió al no encontrar a Rodrigo, sino a sus compañeros de trabajo.
No recuerda qué le dijeron. El impacto fue tan fuerte que esa parte de su memoria se borró. Sólo recuerda que no lo creyó. “¡No puede ser! ¡No puede ser!”, decía. De inmediato fue al lugar del asesinato con la esperanza de que sus compañeros se hubiesen equivocado. Cuando estaba llegando, una camioneta de la policía se cruzó delante de ella. “No me dejaron verlo hasta el velorio. Me dijeron que lo habían reconocido por los zapatos”, alcanzó a decir mientras se le quebraba la voz en un llanto.
La bala que lo mató entró por su hombro, atravesó el pulmón y la aorta.
-Estos gurises hijos de mil putas te rompieron el vidrio –dijo el borracho.
-No, me pegaron un tiro –contestó Rodrigo.
-¡Arrancá como una moto que nos parten al medio a los dos!
Logró manejar una cuadra, hasta Joaquín de la Sagra y Carlos Lenzi, donde el taxi cayó en una cuneta y quedó inmóvil en la oscuridad. Rodrigo Pereira había muerto.
En el velorio le dijeron a Carolina: “Ya se sabe quién lo mató”. Horas antes, cerca del lugar del asesinato, alguien dijo por primera vez:
-Lo mató El Tatán.

*****


Fragmento del capítulo “La vida grotesca”, en el que intenté reconstruir la historia de El Tatán a través de testimonios de personas de los barrios en los que vivió, de maestras de la escuela a la que asistió, de allegados y de víctimas. 

III- La vida grotesca
Mi primer encuentro con El Tatán duró 2 minutos; sólo habló de matar. Fue el 6 de julio de 2010, 60 días después de haber sido liberado. Él había pasado a visitar a su madre, antes de ir a comprar pasta base a una de las bocas del barrio. “Llegás a estar con la policía y yo iré preso pero cuando salga te busco por todos lados y te mato”, me advirtió. Se despidió de ella con un abrazo y dijo: “Mamá, si están de vivos decime que yo vengo y quemo, me fumo un medio y quemo a quien sea”.
Riéndose como si se tratara de la travesura de un niño, Andrea, la madre, comentó a los vecinos días después: “Suerte que lo agarró tranquilo, sino le ponía…” y sin decirlo colocó el dedo índice sobre su sien como si fuese un arma sobre la mía.
La familia de El Tatán vive en La Cruz de Carrasco, en el barrio Las Canteras. Por la calle Camino Carrasco, la mayoría de las viviendas son complejos de edificios; allí vive la clase media del barrio. En dirección a la rambla está Malvín, un barrio de clase media y media alta. Hacia el Norte, el cartel de la calle Joaquín de la Sagra dice Joaquín de la Sacra. En esa esquina hay un taller de piedra laja, adonde entra un automóvil Mercedes Benz, cruzándose con el carro tirado a caballo de un hurgador. Unos metros más hacia el norte hay varios grupos de viviendas, algunas dadas por la Intendencia a familias pobres o indigentes en distintos realojos. Entre ellas, la de El Tatán.
La calle es de asfalto, pero para llegar hasta la casa de Andrea, la madre de El Tatán, hay que tomar una bifurcación de pedregullo, donde está tirada una perra sarnosa, ya sin pelo, con la piel rojiza de tanto rascarse y tan flaca que el pellejo parecía estar pegado a los huesos. Días después supe que sus dueños, para que no contagie a sus hijos, tomaron una decisión: la llevaron hasta las afueras de Montevideo y la abandonaron.
A unos metros, al frente de la casa de Andrea, insiste en pastorear una yegua con su potrillo pese a que cada tanto son espantados por unos niños que se divierten tirándoles piedras. De día parece un lugar tranquilo más allá del paso ruidoso de algún ciclomotor. Una tarde la vecina de Andrea se quedó observando por la ventana a dos gurises de unos 12 años corriendo.
-Estos se andan tirando –dijo la vecina como quien comenta.
Estaban jugando. Le pregunté si podría haber un tiroteo a pleno día; respondió con una sonrisa:
-Ellos no tienen horario. 
Cuando termina Joaquín de la Sagra, a unos 300 metros de Camino Carrasco, doblando 100 metros a la derecha, como escondido, hay un cúmulo de tres asentamientos irregulares en los que viven unas 1.500 personas; allí mataron a Rodrigo Pereira. De noche los taxistas no deberían detenerse ahí. “No frenes. Si alguien se te para adelante pasale por arriba, que cuando aparezca muerto van a decir que fue un ajuste de cuentas”, le dijo una mujer del asentamiento a un taxista novicio. “Acá todos los muertos son ajustes de cuentas”.
El Tatán tiene el rostro lleno de cicatrices delgadas y poco profundas. No se las hizo en una pelea con la policía ni con alguno de sus enemigos del barrio, sino con su mujer. Él le pegaba y ella se defendía enterrándole las uñas en la cara. “Se mataban a palo”, contó la madre. 
Mientras hablaba conmigo El Tatán movía la cabeza en todas direcciones de forma compulsiva, como si estuviese en estado de alerta. Tiene aires de ganador. Sus dedos son largos y curtidos, es alto y muy flaco, como todos los adictos a la pasta base.
Había ido al Portal Amarillo una vez, acompañado por Andrea. En una entrevista le ofrecieron las alternativas que tenía para tratarse. Cuando se fue, la persona que lo entrevistó dijo: “Este no vuelve nunca más”. No lo hizo. La sensación que quedó en el Portal fue que El Tatán sólo asistió por el compromiso que asumió en los medios y que no le interesaba rehabilitarse.
A los 17 años, antes de ser conocido por el presunto asesinato de Rodrigo Pereira, ya era un pistolero temido en los asentamientos de Malvín Norte. Pero no se ganó su reputación por sus rapiñas ni por los robos a las casas, sino por meterse a robar a punta de revolver en las bocas de pasta base.

Las versiones sobre la niñez de El Tatán se contradicen. Las personas afines a él lo recuerdan como un niño bueno, que pasaba la mayor parte del tiempo solo, jugando con piedritas o a la bolita; otros, como un delincuente precoz.
Fue a la escuela 175, en Avenida Italia y Lido, a la que asistían muchos niños que vivían en asentamientos. El Tatán era uno de ellos. La escuela, sin embargo, estaba en la zona pudiente del barrio Carrasco.
Tiene un patio con una cancha de básquetbol de pedregullo, dos de fútbol, un lugar para dejar las bicicletas y juegos infantiles como tobogán y subibaja. Allí una maestra que no quiso que se publicase su nombre por miedo a que le hicieran un sumario, me dijo que no tuvo de alumno a El Tatán pero que lo recuerda:
-Era famoso por los líos que armaba en los recreos. Trataba de escaparse de la escuela y venía cuando quería.
Fue sólo eso. Otra piedra en el zapato dejada a su suerte, hasta que se convirtió en un conspicuo delincuente.
La maestra me cuenta que los niños de los asentamientos aprenden más lento que sus compañeros. “Tienen déficit alimenticios, algunos hasta son hijos de madres pastabaseras”, explica. “No ven a sus padres trabajar; no ven su futuro trabajando”. En general son más desconfiados; cuando los van a tocar las esquivan, como si esperasen un golpe. “Están preparados para que no los toquen”. Con los años, dice, a algunos los vamos domesticando.
No tienen pero les vendría bien contar con psicólogos y asistentes sociales. Reconoce que les cuesta comunicarse con los alumnos de los asentamientos y, sobre todo, con sus familias. Por lo general, los pasos que dan para recuperar a los niños que dejan de ir es llamar a la casa, luego enviar una citación y por último citar a los padres con la policía. “A veces ni así vienen”, reconoce con una frialdad curtida por años de frustraciones. “La mayoría de las veces se pierde”. Con El Tatán perdieron.
Una joven que fue a la misma escuela que él, aún lo recuerda. “Se le tenía miedo. Andaba con una bandita, robaba y pegaba”. Cuenta que el trabajo de las maestras es duro, y hasta peligroso. “Algunas pasan de año a gurises que no saben leer ni escribir porque las amenazan, otras porque no les importa”.  
En la escuela conocí a la maestra Marina Tessier. Es una mujer bajita, de unos 60 años, que trabajó la mayor parte de su carrera con alumnos de contextos marginales. Dice que hay niños que, además de amenazar a las maestras, hasta les pegan. Confirma que a algunos los pasan aunque no tengan el nivel que se debería exigir. “No hay más remedio. Los hacés repetir un año y al otro los pasás, aunque no aprendan. ¿Qué vas a hacer con un alumno que nunca llega al mínimo?”.
Para algunos niños, lamenta, todo lo que aprendan es un logro, ya sea una regla para multiplicar, escribir su nombre. “No les interesa estar en la escuela, porque no les va a servir para nada. No van a hacer abogacía. La vida de ellos va a estar en la calle”. Colegas suyas, rendidas, dejan pasar más tiempo de recreo antes de entrar a clase. “’Total, ¿qué van a aprender?’, casi dicen”.
El Tatán vivió a dos cuadras de la escuela, en un asentamiento que ya no existe, pero donde aún quedan retazos de lo que pude encontrar de su historia. 



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Fragmento del capítulo Todos los Tatán, en el cual a través de las distintas miradas de expertos, intenté entender las claves del problema de los menores infractores. Esta es la entrevista a Armando Sartorotti.



Había algo siniestro en el sistema penal juvenil. Más allá de las historias de abusos sexuales entre los menores y de las golpizas a algún interno, no lograba entender su funcionamiento. Quizás mis fuentes no sabían explicarse pero yo creo que teníamos formas distintas de ver y de apreciar nuestro entorno.
El panorama se aclaró después de hablar con Armando Sartorotti, editor de fotografía de El Observador, víctima del sistema pero a diferencia de Sergio y de Andrea, se expresaba con códigos similares a los míos.
Sartorotti fue testigo a través de su hijo, Gonzalo, preso primero en el INAU y luego en cárceles de adultos. Su historia, similar a la de El Tatán y a la de muchos otros, es un retrato del sistema penal.
“Siempre tuvo una problemática psicológica muy compleja”, dice de su hijo. Era adicto a la pasta base, cometía pequeños delitos por los que iba al juzgado y se lo entregaban a sus padres. “Era incontrolable para mí y para su madre”. A los 16 años pidió para ir a Artigas porque era más tranquilo, donde además tenía a su abuela y a un grupo de amigos. En un asado, ya de madrugada y pasado de copas, llegó un hombre que se metió con sus amigos, quiso llevarse las botellas de alcohol y Gonzalo lo hirió con tres puñaladas. Lo procesaron y lo mandaron a la Colonia Berro por dos años, de los que cumplió uno y medio. A los dos o tres meses de estar libre lo volvieron a detener y lo encerraron por rapiña, pero al poco tiempo se fugó del Hogar Ser, el de mayor seguridad. Todos los menores que escapan de allí utilizan el mismo método, cuenta Sartorotti. “Es tan desinteligente todo el sistema que ni el Ser ni el Hogar Piedras[1] (el segundo de mayor seguridad) tienen baños adentro de las celdas. Entonces, a cada gurí, cada vez que quiere ir, tienen que abrirle la celda para que lo lleven. En el Ser y en el Piedras todas las fugas son porque los gurises hacen un corte y cuando sacan a uno para ir al baño, salen otros, aprietan al llavero y se terminan volando. Esto pasa hace 10 años”. gurises hacen un corte con cualquier cosa y cuando sacan a uno para  
“Tanto la Colonia Berro como el sistema penitenciario de adultos funciona por el sistema de premiación. Si entrás al INAU por un delito de sangre, vas a los hogares más estrictos pero de acuerdo a tu conducta podés ir moviéndote hasta llegar hasta los de semi libertad”. En los hogares como el Ser, los menores están prácticamente todo el día encerrados en jaulas; en otros más amigables como La Casona, trabajan en el campo, tienen tiempo libre y espacio para hacer ejercicio. 
“Gonzalo siempre termina consumiendo -cuenta Sartorotti-. En el sistema carcelario uno puede comprar droga donde quiera: pasta base, cocaína, marihuana. También teléfonos celulares”.
-¿Cómo entran la droga?
-No la podés entrar vos. Te revisan antes de entrar, tenés que sacarte la ropa, hasta te hacen abrir las nalgas para saber si tenés algo adentro. La comida la pasan por máquina, registran cosa por cosa, la yerba la sacan de la bolsa y la pasan a una de nylon, lo mismo con el azúcar. La droga la entran los policías. Es imposible, siendo la organización como es, que alguien sin la connivencia de la policía entre algo a cárceles como el Penal de Libertad.
-¿Cuánto sale un celular adentro?
-De 1.500 a 2.500 pesos, dependiendo de qué celular compres. Evidentemente hay un intermediario, porque sino los policías quedarían muy quemados. Pensemos que el policía carcelario gana unos 13 mil pesos[2], si logra vender 10 celulares y gana 500 por cada uno, son 5 mil pesos extra, no es poca cosa.
-Afuera el medio gramo de pasta base sale 30 pesos, ¿cuánto sale adentro?
-Está entre 40 y 50 pesos. En una noche un preso puede fumarse 3 mil o 4 mil pesos de pasta base. La plata llega a través de la familia, porque el sistema carcelario está tan pensado para que los ladrones sigan siendo ladrones que, por ejemplo: los presos viven gracias a las encomiendas que llevan los familiares, pero no pueden despacharla por Tiempost, hay que llevarla el día que tu preso tenga visita, que puede ser un miércoles; ir hasta el Penal de Libertad sale 120 pesos de pasaje, además de lo que le lleves a él; son 50 kilómetros de ida y 50 de vuelta, en total lleva de 4 a 5 horas; ese día no podés trabajar, ¿cómo hace una familia de Cerro Norte, del Cuarenta Semanas, del Borro, para una vez por semana tener a una persona en la familia que no trabaje, que lleve las cosas, que tenga dinero para el pasaje? Robando, es la única forma. O sea, todo el sistema carcelario, en vez de promover la reinserción del preso y del sistema social que tiene alrededor, lo fomenta, porque cuando nosotros liberamos al preso, vuelve al Cuarenta Semanas, a la casa donde la madre se prostituye en el cuarto del fondo y regatea a las hijas prostituyéndolas en la misma cama donde se la cogieron a ella y donde su novio tiene la boca de pasta.  
Sin que se lo preguntara, Sartorotti da una explicación de mis dificultades para comunicarme con las personas del mundo de El Tatán. “Cuando se habla de los planchas, para generalizarlos, dicen que no tienen códigos, no es cierto, tienen otros códigos, pero están tan lejos de los que nosotros manejamos que nos cuesta entenderlos”.
“El valor de la vida lo miden con una regla tan diferente que desde nuestra óptica parecería que no existiese. No se valora la vida del otro por lo que implica en el marco familiar y por el valor de la misma, sino por los años de cana. Por ejemplo, dicen: ‘Ese pichi no valía 20 años preso’. Se valora por su pérdida, no por la del otro”. Y va más allá. “Cuando el tipo sube al ómnibus con un revolver en la mano (según sus códigos), tener el arma hace que, lo que esté pidiendo, ya le pertenezca”.
“La sensación del chorro es: ‘Este revolver hace que lo tuyo sea mío. -dice Sartorotti y explica la muerte de Rodrigo Pereira en la mente de su asesino- Lo tuyo no es más tuyo, lo tuyo me pertenece. ¡Cómo no me lo vas a dar! ¡Cómo te vas a resistir! ¡Yo no te estoy matando! ¡Vos te estás matando!’“.
“Es una codificación compleja pero lamentablemente les funciona. Vos dirás que es salvaje, inmedible, terrible: desde el punto de vista nuestro, sí, pero es muy cierta”. Sartorotti la entendió conviviendo con ella. Un día, esperando para entrar a la Colonia Berro escuchó a dos madres conversando:
-Che ¿y Fulano?
-Está en el Comcar.
-¿Por qué?
-Por homicidio, pero por suerte le quedan sólo dos años. Conseguí un abogado buenísimo, que te los saca en cinco años. Ya tengo ganas de irle pagando por adelantado por éste, que cumple 18 en seis meses.
Otra conversación que le quedó grabada:
-¿Tu hija sigue con Mengano? –en referencia a un ex preso del Comcar.
-Sí, pero es un atorrante de película, se pasa tirado en la cama. Cómo será la cosa que dos o tres veces por semana tengo que despertarlo de noche para que salga a laburar.
“Esas cosas te van pautando códigos, estamos hablando de adultos, de madres, de las consolidadoras de moral, porque lo siguen siendo, más en hogares marginales, donde los padres van y vienen”.
Para Sartorotti el problema del sistema es la suma de los corporativismos; cómo cada corporación se defiende a sí misma. “El sistema de minoridad dice: ‘A nosotros no nos toquen, nosotros sabemos cómo manejar a los muchachos’, pero hace 10 años que tienen al Ser sin baños. Mi hijo tiene 24 años y está en esto desde los 16, hace ocho que los conozco. Los conocí en el gobierno de Batlle, durante el de Vázquez y en el actual. Y el sistema es tan cerrado que funciona siempre igual. ¡En ocho años nada cambió! El sistema judicial se defiende a sí mismo. Dicen: ‘Las herramientas que tenemos son estas’. ¿Cuáles herramientas tienen? Un muchacho comete un delito, si es leve se lo entregan a los padres sin importar las condiciones en la que vive, capaz que es el muchacho del Cuarenta Semanas que te acabo de describir. Al juez eso no le interesa porque nada le dice al juez que eso tiene que interesarle. ¿Qué hace el juez? Lo manda con los padres y lo obliga a ir una o dos veces por semana al Volpe, una institución social que funciona atrás del municipio, pero nadie le da plata para ir. A los dos o tres meses el gurí vuelve a caer por un delito similar, por una rapiña agravada o por un homicidio. Yo pregunto: ¿Cuánto hay de responsabilidad del juez, y por ende del Estado, en la muerte de esa persona?”.
La triste marcha continúa. “Ahora es por homicidio y el juez lo manda a la Colonia Berro. En la Colonia funcionan dos corporaciones: la policial y la del INAU. ¿La policial cómo funciona? Un gurí se escapa, los buscan por la periferia del lugar, en los alrededores y salen a la carretera. Si no lo encontró en esa instancia, se terminó la búsqueda. Hace dos años un gurí había cometido un homicidio, se fugó e hizo otro. Lo encontraron en la casa, y la madre salió a decir a los canales de televisión que la noche que se fugó el gurí durmió en la casa. Nunca, nunca, nunca la policía fue a buscarlo a la casa. Del segundo homicidio ¿cuánta responsabilidad tuvo la institución policial y, por ende, el Estado?”.
“Y el último de esa cadena, que también tiene una gran responsabilidad, es el MIDES. Porque nadie está pensando qué hacer con el gurisito de ocho años, que vive en el Borro o en Cerro Norte, que dentro de ocho años, cuando tenga 16, va a matar a una persona. Hay instituciones como El Tacurú, el Opus Dei, evangelistas de todos los pelos y colores que trabajan dentro de los cantegriles, que de una forma u otra tratan de romper con el ciclo de sociedad paralela. No veo que el MIDES aprenda de toda esta gente, que salgan de 18 y El Gaucho y creen instituciones dentro de los cantegriles, donde los gurises tengan gente que los apadrine, para que les corrijan los deberes, puedan llevar su ropa y lavársela ellos mismos, jugar, tener actividades deportivas con animadores dentro de la misma institución. Que tengan un lugar de refugio aquellas gurisas que han sido prostituidas o que viven situaciones de violencia. Que las noches que quieran tengan un lugar donde quedarse, respetando reglas, que estén obligados a ayudar en la cocina, a lavarse los platos, levantar la mesa. ¡Re- so- cia- li- zar! Un lugar donde puedan entender que hay otra vida posible, que ellos valen la pena como personas, porque el problema es que hoy no lo entienden. ¿Por qué valoran al otro por los años que van a padecer de cárcel? Porque no pueden entender al otro como persona si ellos no se entienden a sí mismos como personas”.
Sartorotti hablaba del sistema con la fluidez y la ira de alguien que lo sintió en carne propia. No lo dice pero es claro que lamenta que su hijo haya pasado por ese sistema penal; tal vez piense que si estuviese planeado para reformar, Gonzalo se habría recuperado. Sin embargo, en ningún momento de la conversación intentó justificarlo, ni dijo que sea una víctima del sistema. Pero lo fue y lo sigue siendo.  
“Navas, que nadie puede decir que es un blandito, cuando fue director de cárceles dijo que si a los presos los tratamos como animales, algún día los vamos a tener que soltar, porque no hay cadena perpetua en Uruguay, y si vos tratás a alguien 20 años como un animal, lo que vas a soltar es un animal”.
“Hay que hacer que resocializarse sea tan divertido, tan atractivo, que sea mucho mejor que ‘aquello otro’. Si se logra resocializar al 50 por ciento de los gurises, se evitaría el 50 por ciento de las muertes. Si se evita una sola sería fabulosos, pero podrían evitarse cientos”.
“El Otro (en este caso las personas marginadas) se define por sí mismo pero se define también por nosotros. Nosotros somos los que expulsamos socialmente a esas personas. El Estado es el gran padre de toda esa connivencia de corporativismo. Es el Estado el que debería agarrar todos esos rabos y hacer un nudo, pero no lo hace. Yo creo que es el gran culpable de que el Otro sea quién es”.
-¿Cómo ha sido la evolución desde que estás en esto?
-No ha habido evolución. Ahora, aparentemente, no hay los mismos niveles de corrupción que hace ocho años.
-¿El sistema es hijo de la corrupción?
-No, la corrupción aprovechó el sistema. Vio que estaba el espacio y por qué no lo voy a aprovechar.
-¿Se llegó por la corrupción a lo que es el sistema?
-No. A este sistema se llegó por negligencia, por dejar espacios vacíos. Vos podés eliminar la corrupción, pero si no eliminás el hueco… y está lleno de huecos. Nadie está haciendo nada, todos son cómplices, de Mujica para abajo, como lo fueron Vázquez y Batlle, y ojo que estoy hablando de tres políticos que trataron de ser diferentes y de corregir la corrupción que había de antes.
-¿No pudieron?
-No pudieron o no hicieron todo lo que debían hacer.


[1] Hogar Las Piedras, al que por lo general se le llama Piedras.
[2] La entrevista fue hace dos años.

sábado, 18 de agosto de 2012

''Me gustaría tener la cerveza y el vino francés con la simpatía uruguaya, y con Peñarol''

 No le complica. Valentin Maury, un estudiante francés que estuvo un año de intercambio en Uruguay, tiene visión reducida; un problema genético que lo obliga a andar con bastón, pero no le complica. Entre el segundo semestre de 2011 y el primero de 2012 corrió carreras de hasta 21 kilómetros, fue a fiestas, estuvo de novio, se tiró en paracaídas, siguió a Peñarol y fue de viaje a Ushuaia y a Iguazú con su hermano gemelo Aurélian, también de visión reducida.
Vino a Uruguay porque el tercer año de la carrera Ciencias Políticas del Institut d'Etudes Politiques de Francia hay que vivirlo en el exterior. “Quería pasar este año en Latinoamérica, siempre me había atraído. Especialmente me encantaba el acento rioplatense”, contó Valentin.
“La coordinadora de intercambios en Latinoamérica me desaconsejó Buenos Aires, me dijo: ‘Esa ciudad no tiene encanto, es muy europea pero sin monumentos; no te va a cambiar nada, es agobiante. Te recomiendo mucho más Uruguay, es mucho más abarcable y es un ambiente más tranquilo’. Por eso puse Montevideo como primera opción”, dijo y agregó: “Ahora, como no paran de preguntarme por qué vine a Uruguay, digo que lo escogí después de agarrarme un pedal”.
Valentin tiene 21 años, pelo castaño, es flaco y de rasgos delgados. Su manejo del español es bueno, aunque se nota el acento extranjero y a veces se tranca un poco. Sentado en el sillón de la residencia que alquila con otros estudiantes de intercambio, en una sala con poca luz, campanea sus ojos celestes mientras recuerda su año en Uruguay, y su vida en Francia.
Describe un mundo con imágenes difusas, donde importan más las distancias y los sonidos. “Tengo visión para ver algunas cosas, no mucho. Yo siempre pongo el ejemplo de una persona. Puedo ver algunos detalles como el color de pelo, la piel, el tamaño, pero no el color de ojos”. Cuenta que le es difícil desplazarse en los lugares con escaleras, pero en los sitios que conoce puede prescindir del bastón. Su problema de visión no degenera, destaca. “La degeneración es lo peor que te puede pasar”.
Dice que Montevideo no está preparado para las personas ciegas o de visión reducida, pero que esa incapacidad en infraestructura es compensada por la generosidad de las personas. “Siempre te quieren ayudar, hasta cuando no lo necesitás. A veces estoy esperando el ómnibus y alguien me agarra del brazo y me dice: ‘Dale, vamos’”.
Disfrutó tener el Estadio a media hora caminando, estar cerca de la rambla, las salidas nocturnas, que todo le sale más barato, desde ir al teatro hasta hacer paracaidismo, y poder ser impuntual: “Si llegas a algún lugar tarde, no importa”.
***
Valentin nació en el norte de Francia, en un pueblo de 1.500 habitantes, en el área metropolitana de Lille. Se fue a París cuando entró a la universidad. “Fue una muy buena experiencia. Cambió todo, porque cuando estás en un pueblito a veces no tienes nada para hacer, y de golpe estás en la agitación de París. La primera semana me enfermé. No estaba acostumbrado a una vida tan rápida, con tanto estrés, pero después me pareció buenísima. Tenía más amigos, que además vivían cerca y no a 20 kilómetros, con dos ómnibus por día, como era en el campo. Allí dependía mucho de la gente. No me podía desplazar de manera autónoma”.
-¿Qué te estresa del tipo de vida de París?
-No tiene nada que ver con el tipo de vida de Uruguay. Lo que te estresa, principalmente, es la gente y el ambiente. Tienes que correr para llegar a tiempo a todos tus compromisos. El modo de vida está construido así. La gente corre siempre, corre para tomar el metro, corre para llegar a tiempo, y como tiene apuro se encierra un poco.
-¿De qué forma se encierra?
-No hay una relación de proximidad como acá en Uruguay. La gente se abre menos a las otras personas. Es mucho más individualista, piensa más en sí, cuida menos a los demás. Pero está bueno vivir en París, porque nunca te aburrís. Siempre hay algo nuevo para hacer. Es una ciudad muy cosmopolita. En el metro escuchás gente hablando en distintos idiomas, con distintos acentos, es increíble.
Un día, en medio de esa agitación, alguien se aprovechó de su baja visión. En un restaurant puso debajo de la mesa su computadora Braille de 10.000 euros, y de repente no estaba. “Nadie vio nada. En París hay ladrones profesionales”. Y en Montevideo, Valentin casi sufre la versión uruguaya del hurto profesional: la rapiña.
En una tarde de lluvia, estaba con un amigo en las calles Uruguay y Florida. Un hombre se acercó y les preguntó adónde iban.
-A tomar un taxi a 18 -respondió Valentin.
-Vamos -dijo el desconocido, lo tomó del brazo y sin que Valentin lo notase, con un cuchillo amenazó a su amigo, que se quedó atrás, pero enseguida alertó a otras personas. Corrieron unos 50 metros y los alcanzaron. Y el ladrón se escapó.
***
A Valentin le gusta el fútbol. Cuando vivía Lille simpatizaba por el Lens, un equipo local menor. Pero cuando se fue a París, se hizo hincha de todos los equipos de su región natal. Y como hay rivalidad entre los parisinos y los del interior, cuenta, cuando en 2011 el Lille ganó la liga local y la Copa de Francia, en una final contra el París Saint Germain, aprovechó para molestar a sus amigos de la capital.
-¿Qué bromas se hacen los franceses con el fútbol?
-Es como acá.
-¿Se dicen gallina?
-Hay un equivalente: poule mouillée, que sería gallina mojada. También se insultan un poco. Hay muchos cantos antiparisinos, y ellos tienen los suyos.
Ni bien supo que iba a venir a Montevideo comenzó a seguir el fútbol uruguayo, y le gustó Peñarol. Se levantaba a las dos de la mañana para seguir los partidos de la Copa Libertadores. Cuando llegó se hizo socio y lo fue a ver todo el año. No ligó nada.
Valentin quisiera jugar al fútbol sin limitaciones, pero no ve las pelotas rápidas ni las que van por arriba. Otras cosas que le impide su mala visión son ganar una maratón (aunque ya ganó la categoría de discapacitados) y quedarse a vivir en Uruguay, “pero el tema es la inserción laboral. Hice un reporte para la facultad y es muy complicado”.
-¿Por qué te gusta más Uruguay que Francia?
-Me gustaría tener la cerveza y el vino francés con la simpatía uruguaya, y con Peñarol, porque en París disolvieron las barras bravas y se perdió todo el ambiente. Sería un cuadro ideal. Y me gustaría tener el mar. Ustedes no se dan cuenta, tener el mar está buenísimo. Hacés 30 minutos en ómnibus y estás en una playa desierta de la costanera. ¡Pahhh!
***
Valentin sigue contando anécdotas de su año en Uruguay. Almorzó en el Café Brasilero con Máximo Goñi, el relator que escuchaba desde Francia cuando Peñarol jugaba la Copa Libertadores. “Él no podía creer que alguien lo estuviese escuchando, en el medio de la noche, en Francia”. Para la Facultad, entrevistó a Pedro Bordaberry y a Eduardo Bonomi; en Francia “ni loco” hablás con el ministro del interior ni con un senador líder de su partido, dice.
Hizo un viaje solo con su hermano gemelo Aurélian, también de visión reducida, a Ushuaia y a Iguazú; algo que nunca habían hecho. “Fue espectacular. La gente cuando ve que estamos solos nos ayuda más que cuando estamos con amigos”. Y estuvo unos meses de novio.
-¿Qué te llama la atención cuando vas a elegir una pareja?
Se ríe.
-La voz. También el físico, porque algo veo.
-¿Pero más la voz que el físico?
-Sí, mucho más. Y el humor y el tacto, porque nosotros somos más táctiles.
-¿Qué tipo de voz te gusta?
-Más bien aguda. Cuando tiene un acento extranjero está buenísimo. Y tiene que hablar, sino es un embole.
A Valentin no parece incomodarle hablar de su mala visión. Pero no siempre la llevó tan bien, incluso se negó a usar el bastón hasta los 18 años. “No quería, pero se me dificultaba mucho la vida. Ahora hasta hago chistes de ciegos”.
-¿Podés contar uno?
Valentin queda un momento sin decir nada y se vuelve a reír.
-Hay un ciego en una discoteca y se arma un lío. Llega la policía, los agarra a todos, al ciego también lo detienen, pero después lo sueltan. ¿Sabés por qué?
-¿Por qué?
-Porque no tenía nada que ver.


(*) El artículo fue realizado para Insitu, el portal de noticias de la Universidad ORT Uruguay. 
http://fcd.ort.edu.uy/innovaportal/v/4817/3/situ.ort.front/me_gustaria_tener_la_cerveza_y_el_vino_frances_con_la_simpatia_uruguaya.html

martes, 14 de agosto de 2012

La noche en un refugio


La noche en un refugio
Unos hombres de ropa vieja y piel curtida por la intemperie yacen en la vereda sin hacer nada. Parecen parte del paisaje, de las baldosas rotas, del ruido de los motores y del olor a orina. Son cerca de las cuatro de la tarde de un día de invierno. “¡Empezaron a anotar!”, grita alguien desde la puerta de una casa que permanece abierta a pesar del frío. El más joven es el primero en entrar, sube una escalera y se une al montón de personas que rodea a un funcionario que al azar pide nombres, cédulas y en un ratito te llamamos, dice una y otra vez.
El lugar se llama Puerta de Entrada. Es la puerta que deben pasar las personas que buscan dormir en un refugio. Una puerta que no siempre se abre. En una de las salas, cinco funcionarios, muchachos de menos de 30 años, comen galletitas, conversan, ríen y toman mate. En el medio hay un pasillo con un policía que hace crucigramas y escucha música de su celular. En la otra sala también toman mate, pero nadie ríe, ni come galletitas ni casi nada, salvo unos panes que reparte un hombre que los pidió en una panadería. La mayoría son hombres pero también hay mujeres y algún niño, hay jóvenes y viejos, primerizos y avezados en la calle. Me sumo a la ronda como uno más para entrar por una noche en ese mundo de enfermos mentales, adictos, expresidiarios o simplemente de vidas desmoronadas.
Mauricio R. cuenta de su locura. Era adicto a la cocaína, dice que le generó esquizofrenia y alucinaciones: “Empecé a escuchar voces. No sabía qué era verdad y qué no”. Habla con cariño de su madre, que duerme en una pieza con su otra hija y no puede pagarle una a él. Lo internaron en un hospital psiquiátrico. Su madre autorizó que le hicieran un tratamiento de electroshock llamado micronarcosis porque, le dijeron, así se iba a recuperar, pero no se recuperó. Adrián P. es un joven de tono amable y ojos tristes, un militar que a los 22 años entrenaba para ser paracaidista, hasta que lo dejó su esposa. Sufrió una depresión de la que no pudo salir y también se sometió al electroshock, dice, para que le borraran la memoria. Pero aún recuerda. Terminó en la calle. Mauricio D. es un adicto a la pasta base, una droga hecha en base a cocaína, que vendió todas sus cosas para pagarla y también quedó en la calle. Sus padres se mudaron sin darle la dirección. Él dice que nunca les robó, que hace un par de días dejó de fumar y quiere que le permitan volver. Un hombre alto de unos 50 años cuenta que tuvo 16 internaciones por sobredosis, y que estuvo preso porque la policía lo agarró con no sé cuántos gramos de cocaína. Allí no hay historias felices.
Un muchacho de veintipocos años camina con dificultad hasta un sillón y se sienta a esperar. Parece tener, por su actitud de impávida lejanía, además del problema físico, algún tipo de retraso mental. Otro hombre anda de chancletas y con el pantalón arremangado a pesar del frío. Sus pies están llenos de hongos que lucen a pintura amarillenta. Su rostro parece haberse congelado en pleno susto. Unos niños, impermeables a ese mundo, se corretean entre los sillones esquivando como obstáculos de su juego a los adultos que los ignoran, mientras su madre conversa con un muchacho al que le faltan varios dientes y parece estar enfermo, acostado en un sillón, tapado con una manta. Es un lugar gris con paredes húmedas y descascaradas, con sillas viejas, mesas de tablas y taburetes, y sillones de cuerina de poca monta. De rostros duros, pieles curtidas y resquebrajadas de tanto vivir mal, de tatuajes de tinta china y pantalones que no llegan a los tobillos.
Como primerizo en Puerta de Entrada, un funcionario alto, gordito y de ojos celestes, nada que ver con ninguno de los que buscan un lugar donde pasar la noche, me llama a una habitación. Que tome asiento, ordena, cierra la puerta y me pregunta por qué estoy ahí, si tengo alguna adicción como vino o pasta base, y termina diciendo que no sabe si me pueden conseguir algún lugar en un refugio, porque están sobrecargados.
Hay siete lámparas de techo, pero funcionan cuatro. Un cartel dice que las duchas se pueden usar desde las 3 hasta las 6 de la tarde, pero sólo dejan hasta las 5, porque no alcanzan las toallas. El baño de hombres no funciona; todos tenemos que usar el de mujeres, detalle que a ellas no parece molestarles. De la única ducha cae con poca fuerza un tibio chorro de agua. Hay telarañas en el techo; en el piso, pelos y un par de moscas muertas. Luego de la ducha, para peinarse y arreglarse, apoyado en una silla hay un espejo manchado y quebrado. Como la puerta del baño está rota, otra silla evita que se abra. Las paredes blancas tienen manchas grises de humedad, excepto detrás de unos lavarropas, donde llegan a un tono rojizo.  
Dicen que en los refugios hay alguna pelea, un que otro robo y que te podés agarrar sarna y piojos. Pero la noche en la calle parece ser peor. Un peludo sin dientes cuenta: “Pa dormir en la calle necesitás un buen resguardo, un colchón y dos frazadas. Te agarra el frío y te duele todo. Te duele acá –se agarra las piernas–, y acá –las rodillas– y acá –los codos”.
“Con la pasta base andan todos fisurados”, dice. “Por más que seas de la calle, te levantás sin nada. Estás durmiendo y abrís un ojo y tenés a dos parados. Te dicen que están buscando un puchito pero sabés cómo te quieren sacar los championes”.
*****
Luis M. va a pasar su primera noche en un refugio y está asustado. “Viste que no te revisan antes de entrar”, dice. “Alguien puede pasar un corte –levanta los brazos, como sosteniéndolo– y encajártelo –y los baja contra su estómago”. Sus padres lo echaron de la casa, no dice por qué. Se fue con su novia pero lo dejó porque la engañó. Tiene 19 años, piel oscura, como casi todos allí, y tatuado “DANU”, una letra por dedo de la mano desde el índice hasta el meñique, porque es hincha de Danubio Fútbol Club.
–¿Qué hacés acá? –me dice–. Vos parecés un pibe bien.
          Para pasar la noche en el refugio estuve varios días sin bañarme, dejándome la barba y el pelo largo y sucio. Me puse la ropa más vieja y en peor estado que tenía, pero a él no lo engaño. “Mirá tus manos”, dice comparándolas con las suyas. Observo su piel áspera y dura, la profundidad de las líneas de la palma, una quemadura que se hizo trabajando en una panadería.
A las siete y veinte entra un funcionario. “¡Atención! Las personas que yo nombre van al refugio de acá a la vuelta”. Y les da un papel que les permitirá entrar. Así, cada tanto, algún funcionario sigue cruzando el pasillo y diciendo quién va a qué refugio. Pasan las horas y crece el miedo de quedar en la calle.
–Vamos quedando pocos –comenta uno.
–¡Concha de la madre! –grita otro–. ¡Quiero dormir en una cama, locooooooo!
De las 840 personas que en Uruguay duermen en refugios, a Puerta de Entrada cada día van sólo unas 50, las que aún no tienen lugar fijo en ninguno, dijeron Manuel Vázquez y Gonzalo Urreta, funcionarios del Programa de Atención a los Sin Techo del Ministerio de Desarrollo Social. En Montevideo hay otras 900 personas que prefieren dormir en la calle. También las hay en el resto del país, pero en el Ministerio no saben cuántas son.
A las diez menos cuarto, cuando quedamos sólo seis hombres, un funcionario informa del último viaje. A Mauricio D., el adicto a la pasta base que había vendido todo, y a mí nos mandan a un refugio llamado Urquiza, en el barrio Tres Cruces. Los demás quedan en la calle. Uno se va en silencio. Otro espera un poco, y luego se marcha. Un hombre tuerto protesta: “No me pueden dejar en la calle, estoy enfermo”. El retrasado mental con el problema motriz parece no entender lo que pasa. Mauricio D. le da su maltrecho saco y le dice que hable con los funcionarios para que le digan en dónde pasar la noche. Le contesta con dificultad:
–No quiero con ellos.
Subimos a un ómnibus amarillo con un letrero rojo que dice “SOLIDARIDAD” en blanco. Mauricio D. me dice que a los demás no los dejaron en la calle por falta de lugar, sino porque armaron lío o por algún otro problema disciplinario, y que al retrasado no le dan refugio porque ha llegado borracho. Explica el principio regente.
–Si tenés plata para chupar te podés pagar una pieza.
*****
A la entrada de Urquiza está el comedor. La mesa es una tabla de madera apoyada en dos caballetes donde hay un televisor blanco y negro de 22 pulgadas. Varios hombres se sientan apretados para ver el programa de Marcelo Tinelli. “¡Esa está divina, ehhh…!”, comentan con cada mujer que aparece. Algunos fuman afuera, uno enciende tabaco adentro, con cuidado de que no lo vean. Otro le avisa:
–Mirá que El Gordo te saca pa fuera.
Tres puertas llevan a cuartos con cuchetas apiladas, formando delgados pasillos para ir y venir entre ellas. Parecen pabellones de una cárcel. Al ver que dormiré ahí, siento miedo.
Nos dan una bandeja de aluminio con arroz y torta de fiambre. Un negro flaco y alto de unos 45 años al que llaman El Tío está limpiando la mesa. “¡Quieren que coman en la mugre estos pelotudos!”, dice. El Gordo, un funcionario del refugio, lo escucha y amenaza con echarlo. El Tío no responde.
Al rato el ambiente se calienta. El Tío empieza a hablar demasiado alto.
–¡Dejá de gritar o te vas a dormir afuera! –lo vuelve a amenazar El Gordo.
El Tío sube la apuesta.
–¡Ningún dormir afuera! ¡Duermo en la comisaría pero afuera, no!
El Gordo no responde.
La comida no tiene gusto a nada, pero con mucha sal y un limón que compartimos con Mauricio D. se hace pasable. Agua, sólo teníamos la del baño, pero prefiero no entrar: El piso está inundado y hay una pared manchada de mierda.    
Dan la orden de acostarse. Voy a subir a la cucheta que me dieron cuando Mauricio D. me detiene: “¡Pará! Tenés que pedir sábanas nuevas, por los piojos”. Le hago caso, claro. Subo y la cama se tambalea. Allí dormía Fernando C., un hombre flaco de casi dos metros y aspecto bonachón, que ya tenía lugar fijo en el albergue y como no llegaba me dejaron su lugar. Pero después llega. Le preguntan por qué demoró. “Porque estoy laburando”, responde. Entra y me ve en su lugar. “Bueno, llegué tarde, no me quejo”. Sale del cuarto. No supe qué fue de él aquella noche.   
Hace frío y sólo tengo dos sábanas de textura áspera, ni frazada ni almohada, pero el hacinamiento mantiene una temperatura agradable. El colchón de polifón es de unos cinco centímetros de espesor y tan blando que se sienten las tablas de madera en la espalda. Huele a mugre. Mauricio D. me aconseja que deje los zapatos abajo del colchón, hacia la cabecera de la cama, para que no me los roben.
“No sueñen con mujeres, sueñen con hombres. Con un trava grandote y barbudo”, dice El Tío, y nos cuenta que cuando tenía 20 años se despertó borracho con un travesti. Comienza a cantar, como murmurando algo sobre el pasado con tono de añoranza. Va bajando el tono, hasta que queda en silencio.
La noche pasa en calma, salvo por los gritos de un hombre que tiene una pesadilla.
*****
–¡A levantarse! –grita El Gordo a las siete de la mañana, mientras va dando un empujón a cada uno.
–Buen día.
–Buen día –me dicen, dirigiéndome la palabra sin que yo lo hiciese antes por primera vez desde que llegué a Puerta de Entrada. Tal vez sólo es por buena educación o quizás, de algún modo, tras haber pasado la noche allí, me estuviesen aceptando como uno más. 
Nos dan de desayuno un vaso de leche tibia y un pan con membrillo, no se puede repetir. Salimos. Los enfermos psiquiátricos, adictos y marginados de todo tipo se van perdiendo entre las calles del barrio Tres Cruces, a vagar por las plazas, a pitar algún cigarro que encuentren tirado. Alguno irá a un comedor, a un merendero o a pedir las sobras de una panadería, y después, de nuevo, a buscar el refugio para zafar del frío de la noche.

*Este artículo fue hecho en el invierno de 2009 para la materia Taller de Periodismo II, de la Universidad ORT Uruguay.